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El Efecto Dinastía ya no es suficiente: Jack Schlossberg y la derrota que frena el regreso de los Kennedy a Washington

  • hace 2 días
  • 3 min de lectura

Texto: Pablo Gabriel Santillán Torres Torija / Imagen IA


La mística de Camelot no fue suficiente para conquistar el corazón de Manhattan. En una de las elecciones primarias más observadas y atípicas de los últimos años en Nueva York, Jack Schlossberg, el carismático nieto del expresidente John F. Kennedy, sufrió un revés electoral al quedar en un distante tercer lugar en la contienda demócrata por el Distrito 12 del Congreso.



Con el retiro del veterano representante Jerry Nadler, el distrito —que abarca zonas clave del Upper East Side y el Upper West Side— se convirtió en el escenario ideal para lo que muchos analistas preveían como el espectacular debut electoral del heredero político más prominente de su generación. Sin embargo, el escrutinio final dejó una fotografía fría para la mística familiar: Schlossberg apenas rozó el 10.8% de los votos, quedando muy por detrás del asambleísta estatal Micah Lasher (ganador con el 39.1%) y del también asambleísta Alex Bores (35.0%).


De las redes sociales a las urnas: Una desconexión evidente

Schlossberg se ha caracterizado por ser un niño mimado en la política estadounidense.   Siendo hijo de la embajadora Kennedy en Japón se incorporo a trabajar en Rakuten una importante empresa de comercio electrónico y en Suntory Holdings una destilería también japonesa.

Regreso para ser funcionario en el departamento de Estado hasta que decidió retomar sus estudios Doctorándose en Derecho y negocios en la universidad de Harvard. A partir de ahí ha trabajado como “activista” escribiendo en diferentes publicaciones y siendo un tic toker.

Schlossberg, de 33 años, basó gran parte de su estrategia en lo que mejor sabe hacer: dominar la conversación digital. Con un estilo en redes sociales calificado a menudo como "excéntrico, directo y agresivo", el joven candidato intentó presentarse como un puente generacional, un demócrata capaz de hablar sin rodeos sobre el costo de la vida y la crisis de vivienda en Nueva York.

"No solo necesitamos candidatos más jóvenes. Necesitamos gente diferente", declaró Schlossberg ante un grupo de seguidores visiblemente desinflados en su centro de campaña en Manhattan, poco antes de que se oficializaran los resultados.

A pesar de contar con el codiciado respaldo de figuras de peso como Nancy Pelosi, la campaña del joven Kennedy no logró sacudirse los cuestionamientos sobre su falta de experiencia en el servicio público local y su arraigo real en la política vecinal de Manhattan. Su personaje de crítico al sistema termina siendo trivial cuando eres un niño de la realeza política -constructora del sistema- que hace críticas duras al capitalismo desde un iPhone 16 en tu departamento de Manhatan. Un reporte de The New York Times publicado semanas antes de la votación describió su operación interna como "errática", lo que terminó por minar la confianza del votante demócrata más tradicional.


Una guerra millonaria ajena al apellido

La derrota de Schlossberg también se explica por un fenómeno sin precedentes que terminó por eclipsar su narrativa familiar: el Distrito 12 se convirtió en un campo de batalla de millones de dólares financiado por super PACs e intereses de la industria de la Inteligencia Artificial (IA).

La contienda derivó en una guerra de anuncios televisivos y postales de propaganda entre firmas tecnológicas rivales. El foco se centró en Alex Bores, creador de una estricta legislación de regulación de IA en el estado, lo que atrajo flujos masivos de dinero tanto a favor como en contra de su candidatura. En medio de este bombardeo publicitario de más de 26 millones de dólares, la propuesta de Schlossberg —centrada en créditos fiscales para inquilinos y la eliminación del tope de deducción de impuestos locales (SALT)— se quedó sin oxígeno mediático en las calles de la ciudad.


¿El fin de una era?

La derrota de Schlossberg, sumada a los turbulentos giros políticos de su tío Robert F. Kennedy Jr. en el plano nacional, abre una interrogante profunda sobre la vigencia del apellido Kennedy en la política del siglo XXI. En un distrito de votantes altamente educados y pragmáticos, la herencia de los grandes mitos del siglo pasado demostró no tener el mismo peso que las trayectorias legislativas locales y las maquinarias partidistas tradicionales.

A Schlossberg, le falto barrio. Una ciudad tan sofisticada como Nueva York no se le puede convencer desde una pantalla de teléfono.

Para Schlossberg, esta derrota en su propio patio trasero representa un baño de realidad electoral. Manhattan dejó claro que, en la política actual, el carisma digital y un linaje legendario son solo el boleto de entrada, pero ya no garantizan la victoria.

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