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El ocaso de la izquierda del siglo XXI en América Latina. Lo que puede venir después de la derrota de Lula

hace 7 horas
4 min de lectura

Texto Pablo Gabriel Santillan Torres Torija / Ilustracion IA.


Las recientes elecciones en Brasil han sacudido profundamente al grupo político que se identifica como la izquierda del siglo XXI. Este movimiento, que cobró impulso durante la ola democrática de finales de los noventa y se apropió de la marca de la izquierda democrática, enfrenta hoy un final que asesta un golpe contundente a toda América Latina.

Durante los últimos treinta años, los grupos vinculados con estas ideas descafeinaron en parte su sentido ideológico para proyectar una identidad más humana y sentimental. Fidel Castro se despojó de su casaca militar para vestir una guayabera blanca y tomarse fotografías con quienes se lo pidieran. Asimismo, Daniel Ortega y Gustavo Petro abrieron el camino hacia un socialismo que, en el papel, dejó de ser una amenaza para las élites, lo que les permitió ocupar espacios de mayor poder e influencia.

El Partido de los Trabajadores de Brasil ha sido el actor que más transformó el escenario regional, debido a que Brasil es la democracia con mayor población y territorio de la región. Al encontrar afinidades, estos gobiernos comenzaron a asociarse y apoyarse no solo en el plano político, sino también con recursos: el petróleo venezolano financió a Cuba y a políticos mexicanos; los gobiernos mexicanos contrataron médicos cubanos; y Venezuela recibió ayudas desde México hasta que comenzó a recibir un fuerte financiamiento de China.

A partir de ese momento, Estados Unidos miró con recelo y reprobó la intromisión de las potencias asiática y rusa en los asuntos latinoamericanos. Poco a poco comenzaron a salir a la luz el enriquecimiento ilícito de funcionarios obligados a escapar de sus países —como en Ecuador, Argentina y Brasil—, mientras las herramientas legales empezaban a rastrear el dinero público desviado para financiar campañas electorales en la región.


Argentina lidia con liderazgos abrumados por problemas legales; el expresidente Rafael Correa se encuentra prófugo de Ecuador por acusaciones de corrupción; cinco expresidentes del Perú están envueltos en escándalos similares; y el expresidente mexicano moviliza a sus bases para evitar que encarceluen a sus hijos y allegados por actividades ilícitas.

Es posible identificar tres factores principales que están expulsando del poder a este grupo de presidentes:

  • Un desempeño económico deficiente.

  • La apertura de la puerta a los intereses de China y Rusia.

  • El enriquecimiento ilícito de sus gobernantes.


A Chile se le toleró prácticamente todo, excepto que vendiera cobre a China; Venezuela perdió apoyo internacional al comenzar a endeudarse con el gigante asiático; y la tolerancia hacia México decayó cuando abrió su mercado a las marcas de vehículos chinos y comenzó a importar de ese mismo país precursores químicos para fabricar fentanilo.

Ahora el turno es de Brasil. Su gran red diplomática internacional, que solía plantarle cara a Estados Unidos, flaquea mientras resurgen los escándalos de corrupción del gobierno de Lula, acompañados de una fuerte inflación postpandemia y un severo endeudamiento que impide al país retomar la normalidad económica previa, lo que apunta hacia una inminente pérdida del poder.



Corrupción y sostenibilidad económica

La corrupción gubernamental siempre debe ser castigada. Sin embargo, la mayoría de los gobiernos latinoamericanos se han sentido con total impunidad para utilizar fondos públicos y de procedencia ilícita en sus campañas políticas. En 2004, el gobierno de López Obrador se asoció con constructores para recibir financiamiento; en Brasil, Petrobras hizo lo propio con políticos y empresarios para respaldar al Partido de los Trabajadores. Tales prácticas siempre se justificaron moralmente bajo el argumento de que sus opositores eran personas moralmente reprochables.

El segundo gran fallo de estos gobiernos ha sido la incapacidad para garantizar a sus ciudadanos condiciones de vida sostenibles a largo plazo. Los programas de "Hambre Cero" en Brasil tienen al país al borde de una nueva crisis económica; el kirchnerismo en Argentina dejó el poder en medio de deudas impagables e inflación galopante; y en México se observa una lenta y evidente asfixia económica.

No existirá viabilidad para ningún proyecto político —ya sea de izquierda, de derecha o de cualquier otra corriente— si no logra sostener económicamente a sus gobernados. Los millones de latinos que emigraron a Estados Unidos no lo hicieron buscando democracia ni libertad de pensamiento, sino huyendo de la miseria y la persecución en sus países de origen.


Dependencia económica  y geopolítica

El tercer punto débil de los gobiernos de la izquierda latinoamericana es su profunda dependencia ideológica. Todos los países buscan la asistencia financiera norteamericana, pero al mismo tiempo disfrutan lanzando injurias contra el "imperialismo estadounidense".

Desde la perspectiva económica, resulta un contrasentido insultar por la mañana a la misma persona a la que se le pedirá financiamiento por la tarde —y no por estar en contra de los principios de soberanía, sino porque, mientras no se rompa la dependencia económica, lanzar arengas políticas contra quienes sostienen las cadenas financieras carece por completo de estrategia—.


Conclusiones

Brasil y su izquierda sufren una derrota que podría desalojarlos del gobierno en el muy corto plazo. Los problemas que prometieron erradicar —pobreza, delincuencia organizada y dependencia de Estados Unidos— no solo persisten, sino que se han vuelto mucho más sofisticados. El uso de recursos públicos para el financiamiento electoral dificulta profundamente la competencia democrática, y hasta ahora la única vía empleada para competir contra ese dinero ha sido el radicalismo político. Ninguna de estas dos dinámicas termina bien; salir de este ciclo requerirá un cambio profundo, empezando por la búsqueda de vías lícitas y transparentes para acceder al poder.

 

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