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La inflación en Turquía: una lección para el mundo

  • hace 3 horas
  • 4 Min. de lectura

El caso turco es un ejemplo de manual sobre lo que ocurre cuando un gobierno autoritario intenta imponerse a los mercados. Cada vez que un Estado pretende modificar las reglas del juego del sistema monetario por decreto, la historia termina siendo la misma: inflación fuera de control

Texto: Pablo Gabriel Santillán Torres Torija / Imagen IA

Ciudad de México, jueves 9 abril 2026.- Turquía cerró 2025 con una inflación cercana al 35%. Se trata de una economía que durante años mostró un desempeño sólido. O, al menos, así lo fue. En 2021, el Producto Interno Bruto (PIB) del país alcanzó los 2.749 billones de dólares, con una población de 87 millones de habitantes. Como referencia, ese mismo año el PIB de México fue de 2.613 billones de dólares, aunque con una población considerablemente mayor: 130 millones de personas.


Sin embargo, el problema monetario que atraviesa el Estado turco no tiene precedentes en la mayoría del mundo. Salvo Venezuela y Argentina, Turquía se ha sumado en los últimos siete años al grupo de países que han perdido la brújula financiera.


El caso turco es un ejemplo de manual sobre lo que ocurre cuando un gobierno autoritario intenta imponerse a los mercados. Cada vez que un Estado pretende modificar las reglas del juego del sistema monetario por decreto, la historia termina siendo la misma: inflación fuera de control y un empobrecimiento sostenido de la población que toma décadas revertir.


Desde 2014, el gobierno de Turquía ha impuesto su voluntad sobre el Banco Central de Turquía. Bajo el argumento de que el aumento de las tasas de interés no reduce la inflación, la autoridad monetaria comenzó a recortar las tasas y a mantenerlas por debajo del consenso del mercado.


La tasa de interés es uno de los precios más importantes de cualquier sistema económico: regula los niveles de inversión y de consumo financiados con crédito bancario. Aunque la reacción del mercado fue gradual, el impacto sobre la economía turca ha sido profundamente dañino.


La consecuencia inmediata fue la salida de inversiones financieras del país. Cuando el público inversionista percibió que Turquía estaba manipulando su moneda, la confianza se deterioró rápidamente y los capitales comenzaron a emigrar.


El valor de la moneda se fue erosionando y dejó al descubierto problemas estructurales largamente pospuestos. El primero es la fuerte dependencia energética del país, lo que encarece de forma persistente los costos de transporte. Esta situación se agravó aún más desde que Rusia, su principal proveedor, entró en guerra con Ucrania.


El segundo problema es la escasez de vivienda en las zonas urbanas. El gobierno turco intentó congelar las rentas, lo que provocó la paralización de nuevos desarrollos inmobiliarios. Tras los sismos de 2023, la oferta habitacional se redujo todavía más, intensificando las presiones inflacionarias en este sector.

El tercer factor crítico está en el sistema político. El presidente Recep Tayyip Erdoğan tiene una trayectoria singular. Cuenta con formación clerical y posteriormente estudió administración. Desde joven participó en política dentro de un partido conservador, del cual se separó tras el golpe de Estado en los años ochenta.


Regresó en los noventa con un partido nacionalista-islamista que incorporaba elementos de izquierda y, más tarde, fundó su propia fuerza política. Con ella ganó las elecciones en Estambul, lo que marcó el inicio de su ascenso hasta llegar a la presidencia en 2014.


Convencido de que manejar la economía no requiere mayor complejidad técnica, Erdoğan decidió someter al banco central y erosionar su independencia. Cuando un sistema político subordina a sus bancos centrales, la política monetaria pierde su principal activo: la confianza.

Inflación anual en Estados Unidos 2000 - 2024

Entre 2014 y 2017, la economía turca fue perdiendo credibilidad de forma progresiva. Mientras los mercados exigían tasas de interés más altas para justificar la inversión y el crédito, el Banco Central de Turquía mantuvo su postura expansiva. El resultado fue un crecimiento potencial debilitado y una estabilidad financiera descarrilada. Entre 2019 y 2023, el presidente destituyó a varios gobernadores del banco central por oponerse a la reducción forzada de tasas de interés.


Turquía no es el único país donde la independencia de los bancos centrales enfrenta amenazas.

En Estados Unidos, la Reserva Federal ha sido objeto de presiones políticas. Donald Trump impulsó diversas maniobras contra la institución, incluyendo amenazas de destitución del gobernador e investigaciones a sus directivos. Su objetivo era forzar una baja de tasas para impulsar su agenda económica.



En México, el Banco de México también ha vivido tensiones. La actual gobernadora fue designada por un gobierno con rasgos autoritarios. En un desplante de poder, el entonces presidente anunció públicamente una baja en la tasa de interés antes de que la Junta de Gobierno tomara la decisión en febrero de 2022. Más recientemente, una reducción de tasas contraria a las expectativas del mercado fue interpretada como un movimiento más político que técnico.


En Colombia, el Banco de la República enfrenta un conflicto abierto con el presidente Gustavo Petro. Tras la reunión de marzo-abril, el mandatario rompió relaciones con el banco central por su negativa a reducir las tasas. El ministro de Finanzas anunció incluso que no asistiría a las reuniones, pese a que la ley lo obliga, generando una fuerte incertidumbre institucional.


En Hungría, el banco central también se encuentra bajo presión. Aunque el país recibe críticas por sus elevadas tasas de interés, el gobierno ha promovido el nombramiento de directivos alineados con sus intereses. Esto ha despertado preocupación por el uso político del sistema financiero y por la laxitud en el control de precios.


Administrar un sistema monetario es una tarea compleja. Sin embargo, la tentación de los gobiernos de someter a los bancos centrales para impulsar sus proyectos políticos ha sido constante en todo el mundo. Durante los últimos 25 años, la evidencia es clara: ningún país ha logrado imponer un “truco” monetario sin pagar un alto costo económico y social.

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