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Irán, petróleo y América Latina: el costo silencioso de una guerra lejana

  • hace 6 días
  • 3 Min. de lectura
Tras la declaración del Poder Ejecutivo de Estados Unidos al Congreso anunciando el fin formal de su participación directa en el conflicto, Irán reanudó sus operaciones bélicas en el estrecho de Ormuz, una de las arterias energéticas más sensibles del planeta

Texto: Pablo Gabriel Santillán Torres Torija / Ilustración en base a estimaciones propias

Ciudad de México, 5 mayo 2026.- La prolongación del conflicto en Medio Oriente ya no es un asunto remoto para América Latina. Sus efectos comienzan a sentirse con fuerza en economías frágiles, finanzas públicas tensas y sociedades cada vez más polarizadas.


Tras la declaración del Poder Ejecutivo de Estados Unidos al Congreso anunciando el fin formal de su participación directa en el conflicto, Irán reanudó sus operaciones bélicas en el estrecho de Ormuz, una de las arterias energéticas más sensibles del planeta. La consecuencia es inmediata: Washington enfrenta ahora mayores restricciones para intervenir en el Golfo Pérsico y el escenario de petróleo caro durante al menos dos trimestres deja de ser una hipótesis para convertirse en realidad.


El contexto macroeconómico global ya era adverso. La ofensiva israelí, con respaldo norteamericano, ha contribuido a una escasez global de petróleo y gasolina. Europa, urgida de suministro, ha incrementado sus compras de crudo estadounidense, pero ni siquiera ese flujo ha sido suficiente para estabilizar el mercado. La escasez no golpea a todos por igual, y América Latina vuelve a quedar expuesta por sus debilidades estructurales.


América Central: fragilidad económica, alta exposición

Guatemala es un caso paradigmático. Como importador neto de petróleo clave tanto para el transporte como para la generación eléctrica, el país enfrenta presiones inflacionarias que se filtran a toda la economía. Nicaragua y El Salvador tampoco escapan: la pobreza estructural limita los márgenes de maniobra de sus gobiernos y amenaza con erosionar aún más su gobernabilidad.


Gráfica 1. Presión inflacionaria asociada a la escasez de petróleo (índice ilustrativo)

Esta gráfica muestra cómo países con menor capacidad fiscal y alta dependencia energética tienden a sufrir mayor presión inflacionaria relativa ante un shock petrolero.


Sudamérica: productores que no logran capitalizar la crisis


Brasil y Argentina, pese a ser productores de hidrocarburos, tampoco navegan aguas tranquilas. El aumento en los precios internacionales mejora sus balanzas de pagos, pero no neutraliza la inflación, que sigue castigando a los consumidores y forzando políticas monetarias restrictivas. La renta petrolera, en lugar de aliviar tensiones sociales, se diluye entre subsidios, deuda y desconfianza política.





México: el caso atípico que agrava el problema

México presenta un comportamiento singular y preocupante. Cerca del 25 % del mercado de combustibles opera en la ilegalidad, lo que dificulta cualquier ajuste ordenado de precios. La gasolina vendida en el mercado formal ya supera máximos históricos, presionando las finanzas públicas.


El subsidio a los combustibles se ha convertido en un lastre. Para sostenerlo, el gobierno federal ha reducido programas de inversión pública y enfrenta crecientes dificultades para financiar su agenda social. La política energética, lejos de ser un ancla de estabilidad, se ha transformado en un foco de vulnerabilidad fiscal.


Gráfica 2. Dependencia de importaciones de combustibles en América Latina (índice ilustrativo)

La visualización deja claro que los países más dependientes de las importaciones quedan más expuestos a crisis externas, independientemente de su tamaño económico.


Producción restringida, Estados debilitados


Paradójicamente, el alza de precios no ha detonado un incremento sustancial de la producción regional. En gran parte de América Latina, las empresas petroleras son estatales y arrastran años de desinversión, cambios regulatorios y uso político. El resultado es una incapacidad crónica para responder a la escasez justo cuando más se necesita.


Mientras tanto, los mercados financieros se aferran a un optimismo cauteloso. Los contratos de futuros sugieren que hacia el inicio del tercer trimestre podría moderarse la escalada de precios energéticos. Sin embargo, esa expectativa choca con la obstinación del régimen iraní y con un conflicto que difícilmente encontrará una salida rápida, y menos aún favorable para los consumidores globales.


Los países en mayor riesgo


Argentina, con una sociedad profundamente polarizada; Chile, importador neto de gasolina y bajo presión política desde 2019; y Nicaragua, con una economía deteriorada y un régimen cada vez más autoritario, figuran entre los países más vulnerables. México y El Salvador, por su parte, han reducido peligrosamente su margen de maniobra fiscal y política.


Hoy queda poco de la bonanza petrolera que América Latina conoció en los años setenta, cuando la estatización parecía una apuesta al futuro. Aquella prosperidad es ahora más un recuerdo que una estrategia, una nostalgia que sólo sobrevive en la memoria de quienes ya superan los sesenta años.

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