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La manifestación de Naucalpan y el contubernio gubernamental

  • hace 16 horas
  • 2 Min. de lectura
Ayer, miles de personas llegaron tarde a su trabajo. No por un accidente ni por una emergencia imprevista, sino por una marcha pequeña, casi raquítica, que logró paralizar la principal vialidad de Naucalpan. Menos de quinientas personas fueron suficientes. Bastaron para cerrar la ciudad

Opinión

Ciudad de México, miércoles 22 abril 2026.- Frente al Palacio Municipal de Naucalpan, el grupo se manifestó durante horas. Se quejaban del Operativo Atarraya. Gritaban, exigían, reclamaban. La protesta era corta en número, pero larga en consecuencias.


El Operativo Atarraya ocurrió hace un año. En una acción simultánea, elementos federales cerraron comercios y restaurantes donde, presuntamente, operaban células del crimen organizado. El golpe fue quirúrgico. Repentino. Coordinado.


Barberías siempre llenas de jóvenes. Loncherías. Restaurantes de mayor tamaño. Espacios cotidianos que, de acuerdo con la autoridad, escondían algo más. Al inicio del gobierno de Isaac Montoya, los medios hablaban de hasta doscientos puntos de venta de cerveza en la vía pública. Doscientos focos abiertos. Doscientas rendijas.


Atarraya no fue un simple operativo. Fue un quiebre. Un movimiento que desestabilizó acuerdos locales que llevaban años funcionando en silencio. Se sabe que muchos mandos policiales fueron expulsados de la corporación por malas prácticas. No desaparecieron. Se reciclaron.


Estos personajes operaron políticamente para el actual presidente municipal y su participación fue recompensada: control de sectores policiales. Poder reciclado. Orden aparente.




Con Atarraya se perdieron centros de distribución de droga. Pero la balanza no quedó vacía. Otros distribuidores ganaron fuerza. La reconfiguración fue inmediata.


El cártel de La Unión de Tepito colgó mantas. Público el reclamo. El mensaje era claro: el gobierno municipal no estaba cumpliendo acuerdos. Nada más explícito. Nada más crudo.


Si bien la calle parece hoy más controlada, la extorsión no ha desaparecido. Persiste. Se transformó. El despojo de ingresos dejó de ser violento y se volvió administrativo. Sistemático.


La extorsión alcanza a transportistas, a comercios, a todo el que trabaja en la calle. Todos lo saben. Nadie lo ignora. La violencia ya no es caótica: es ordenada. Es un negocio bien estructurado.

También lo es la venta de droga.


El Operativo Atarraya le quitó a Naucalpan espacios que, según la autoridad federal, eran usados por el crimen organizado. Hoy, quienes perdieron esos espacios parecen exigir que se les devuelvan. Y lo hacen frente al Palacio Municipal. A plena luz del día.


Isaac Montoya ya intentó proponer un reordenamiento de las chelerías. La pregunta queda flotando, incómoda: ¿cómo devolver espacios que la FGR identificó como criminales? No lo sabemos.


Lo que sí es notorio es que la manifestación de ayer duró más de diez horas. Diez horas de bloqueo. Diez horas de tensión. Y en todo ese tiempo, no se utilizó la fuerza pública para removerlos.

La ciudad esperó. El gobierno también. Nadie se movió. Y ese silencio pesa.

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