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Después de Marx Arriaga ¿Quién Sigue?

  • hace 2 días
  • 2 Min. de lectura

La presidenta tiene bajo fuego a los Obradoristas y  lentamente empieza a construir el Claudismo.


Texto Pablo Gabriel Santillán Torres Torija / Imagenes Cortesía

Ciudad de México a 19 de Febrero de 2025. Durante los últimos cinco días, la opinión pública ha atestiguado la salida de Marx Arriaga, hasta entonces director general de Materiales Educativos de la SEP. El acto ha sido particularmente estridente, rompiendo estigmas arraigados en la cultura política mexicana: pocas veces un funcionario de rango medio se había atrevido a desconocer de forma tan pública la autoridad del Ejecutivo.



Los medios se han regodeado en el desgaste de la figura presidencial. El argumento es lineal y monotemático: la Presidenta no detenta el poder real y, por ello, sus equipos le faltan al respeto; los "duros" del obradorismo simplemente no reconocen su liderazgo.



Sin embargo, la realidad sugiere lo contrario. El Ejecutivo parece estar implementando una estrategia administrada para consolidar su propio mando. La situación guarda una similitud notable con la coyuntura de Ernesto Zedillo entre 1995 y 1996: en aquel entonces, el poder acumulado por el predecesor era tan abrumador que la prensa especulaba obsesivamente sobre quiénes eran "salinistas" y quiénes eran hombres del Presidente. Hoy, la Presidenta Sheinbaum ha ido apuntalando su agenda, quizás no al ritmo de sus ambiciones, pero sí al de las circunstancias.



Lo relevante hoy no es solo quién se fue, sino quiénes deberían irse. La lógica del poder actual está vinculada al desarrollo de capacidades del grupo compacto del Ejecutivo y menos a una necesidad puramente administrativa. La percepción es que aún existen elementos en el gabinete incrustados en estructuras clientelares; perfiles que no trabajan para la Presidenta y que, políticamente, le acarrean más costos que beneficios.



Personajes como el subsecretario Leonel Cota Montaño en Agricultura; Octavio Romero Oropeza, quien administra recursos considerables con una discrecionalidad que pondría a cualquiera de nervios; o Martí Batres, el antiguo rival por la Ciudad de México, son solo algunos de los elementos que destacan por mantener agendas personales ajenas a los intereses de Sheinbaum y de Morena.



La Presidenta posee un perfil profesional y técnico, y espera lo mismo de sus colaboradores. Por ello, los administradores con proyectos políticos propios deberían empezar a preguntarse si realmente están incluidos en los planes de Palacio Nacional.



Existen otros casos, como el de Citlalli Hernández, de quien se ha dicho poco en su encargo —ni bueno ni malo—, pues su escasa experiencia en la administración pública le está cobrando factura. O Tatiana Clouthier, quien a pesar de contar con oportunidades y presupuesto, no logra dotar de relevancia a su gestión.


Mover la maquinaria de la administración pública en la coyuntura actual es complejo, pero cada vez más urgente. Al presidente López Obrador se le criticó a menudo la lentitud para activar el aparato burocrático; difícilmente la historia —y la ciudadanía— tendrán las mismas consideraciones con la presidenta Sheinbaum.

 

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